La esperanza es algo poderoso.
Para los aficionados de la selección nacional de fútbol de México, puede que sea el aspecto más importante de ser fan de el equipo.
La historia de México en los Mundiales está llena de momentos que inspiran orgullo, pero también de momentos que dejan a los aficionados preguntándose ¿qué habría pasado si hubieran ganado? Desde que fue anfitrión del torneo en 1970 y 1986 —cuando la selección llegó a cuartos de final—, México ha pasado décadas buscando dar otro gran paso en el escenario más importante del fútbol.
Generación tras generación ha creído que serían ellos quienes finalmente verían cómo eso sucedía.
Sin embargo, muchos han vivido la misma decepción. Desde 1994, México se clasificó sistemáticamente para el Mundial y superó la fase de grupos, solo para ver cómo su participación terminaba en octavos de final. Lo que comenzó como un resultado desafortunado se convirtió poco a poco en un patrón doloroso. Los aficionados vieron pasar equipos talentosos, cada uno de ellos portando la promesa de cambiar la historia.
Aun así, la historia nunca ha impedido que los seguidores de México mantengan la esperanza.
Esa esperanza se arraiga en las historias que les precedieron.
Los padres cuentan a sus hijos la emoción del Mundial de 1986. Los abuelos recuerdan haber visto a México competir en casa. Los hermanos mayores heredan camisetas y recuerdos de jugadores que alguna vez cargaron con los sueños de toda una nación. La historia del fútbol mexicano no es solo una historia de resultados; es una historia de fe.
Cada Mundial se siente como una oportunidad para añadir un nuevo capítulo.
Las decepciones pasan a formar parte de la historia, al igual que las victorias. Los aficionados recuerdan la sorprendente victoria sobre Alemania en 2018, la atmósfera electrizante que rodea cada partido de México y los momentos en los que el país entero parecía detenerse para verlo todo unido. Esos recuerdos recuerdan a los seguidores por qué siguen creyendo.
El Mundial de 2022 puso a prueba esa fe cuando México no logró superar la fase de grupos por primera vez en más de cuatro décadas. Para muchos aficionados, aquello se sintió como el fin de una era. Las dudas sobre el futuro del equipo cobraron más fuerza que nunca.
Pero la historia ha enseñado algo importante a los seguidores de México: siempre hay otro Mundial.
México es uno de los cinco países con mayor participación en la Copa del Mundo, habiendo competido en 18 de estos torneos. Sin embargo, en comparación con los otros cuatro países que integran este grupo de los cinco primeros, México sigue siendo el único que no cuenta con ningún trofeo en su estante.
Siempre hay otra generación de jugadores. Otro partido inaugural. Otra oportunidad para demostrar que los escépticos se equivocan.
México es uno de los cinco países con mayor participación en la Copa del Mundo, habiendo competido en 18 de estos torneos. Sin embargo, en comparación con los otros cuatro países que integran este grupo de los cinco primeros, México sigue siendo el único que no cuenta con ningún trofeo en su estante.
Sin embargo, apoyar a México nunca ha sido sinónimo de éxito garantizado. Si así fuera, muchos aficionados habrían dejado de creer hace mucho tiempo. Más bien, se trata de llevar consigo las esperanzas de generaciones anteriores mientras se crean nuevos recuerdos para las venideras.
Por eso la Copa del Mundo significa tanto para los aficionados mexicanos. No es simplemente un torneo; es la continuación de una historia que se ha venido contando durante décadas.
Una historia llena de orgullo, decepción, resiliencia y, sobre todo, esperanza.
Porque, independientemente de lo que haya sucedido en el último Mundial —o en el anterior, o el mundial antes de ese— los seguidores de México afrontan cada torneo con la convicción de que todavía es posible hacer historia.
Y, para ellos, esa esperanza forma parte de la tradición.
